No parece muy inteligente empezar una categoría sobre viajes cuando sabes que vas a estar bastante tiempo sin subir de nuevo a un avión (salvo una última escapada por mi cumpleaños), pero me preparé tanto esta visita que creo que merece la pena compartirla.

Decidimos viajar a Oporto porque no conocíamos nada de Portugal, porque es una ciudad pequeña que se puede ver en un fin de semana (así no necesitaba coger días libres en el trabajo) y porque es una de las opciones de vuelos directos desde Valencia.

Salimos de Valencia el viernes a las 19:40 y volvimos el domingo a las 16:30. En Oporto es una hora menos, así que a la ida aprovechamos la diferencia. Con estos horarios sabíamos que solo nos cundiría el sábado, y con esta situación en mente organizamos el recorrido por los lugares más turísticos.

Realmente no hay problema en ver el centro de Oporto en un día, solo tienes que asegurarte de que al trazar los itinerarios entre cada punto de interés no estás incluyendo cuestas infernales.

Traslados

Desde mi punto de vista, la mejor opción para distancias medias o largas en Oporto es el metro y para distancias cortas, obviamente, ir a pie. En nuestro caso tanto para desplazarnos del aeropuerto al hotel como para llegar al centro (nuestro hotel estaba en el barrio Massarelos) utilizamos el metro. Es un metro de superficie y es bastante rápido. Se divide por zonas y casi todas las líneas pasan por las mismas paradas.

Al bajar del avión recogimos la silla de paseo (después de un pequeño susto, pues los carritos de bebé no salen por la cinta de equipajes habitual, sino por la de equipajes voluminosos) y seguimos las indicaciones para llegar al metro. Compramos las tarjetas Andante (una para cada persona, cuidado con esto) y las validamos antes de subir al metro. El aeropuerto y el centro se comunican con la línea E (morada) y necesitas comprar el billete de la zona 4 para utilizarla.

A la mañana siguiente nos dirigimos de nuevo al metro, compramos y validamos los billetes (esta vez de la zona 2) y bajamos al andén dirección Estadio do Dragão.

Recorrido matutino

Decidimos bajarnos en la parada de metro Trindade, por su cercanía al Ayuntamiento y a la Plaza de la Libertad. Vimos la Iglesia de la Santísima Trinidad y el Ayuntamiento, entramos a la Oficina de Turismo que hay justo al lado a por un mapa (podríamos haberlo cogido del hotel, la verdad) y nos dirigimos por la calle Formosa hacia el Mercado de Bolhão.

Tuvimos mala suerte y nos encontramos con que el mercado estaba en plena remodelación, así que giramos por la calle Alexandre Braga en dirección a la Capilla de las Almas, famosa por los miles de azulejos que recubren su fachada.

A continuación bajamos por Santa Catalina, una calle peatonal y muy comercial. Pasamos por delante del Café Majestic (muy visitado por ser un referente en el ambiente cultural y artístico de la ciudad) y llegamos a la Iglesia de San Ildefonso, situada en lo alto de una pequeña plaza y que, igual que la Capilla de las Almas, tiene la fachada decorada con miles de azulejos.

De la Iglesia de San Ildefonso nos dirigimos hacia la estación de San Bento por la calle 31 de Janeiro, con una parada técnica en una librería infantil para comprar un cuento en portugués. San Bento es una estación de trenes en activo y en cuyo vestíbulo encontraremos una colección de azulejos que relata la historia de Portugal. Después de visitar la estación hicimos una segunda parada técnica, esta vez para tomarnos un par de cervezas.

Con energías renovadas subimos la cuesta hacia la catedral (está construida en la parte más alta de la ciudad) y admiramos las vistas a la Ribeira y al casco histórico desde su explanada delantera. Al terminar nos pusimos rumbo al río Duero, con intención de cruzarlo por arriba del puente Don Luis I y llegar a Vila Nova de Gaia, ciudad vecina de Oporto y famosa por sus bodegas y sus vinos, desde la que apreciar una nueva y diferente perspectiva de la Ribeira.

Recorrido a mediodía

Con ganas de sentarnos a comer, deshicimos todo el camino hasta llegar de nuevo a la estación de San Bento, pasamos por la Plaza de la Libertad y caminamos hasta la Torre de los Clérigos. No subimos sus más de 200 escalones por cansancio, tiempo y evidentemente, porque empujábamos un carrito de bebé.

Continuamos por la calle de las Carmelitas, pasamos por la recomendada librería Lello e Irmao (se hace cola para pagar la entrada y cola para entrar) y llegamos hasta la Plaza Gomes Teixera, en la que se sitúa la Universidad de Porto y la Iglesia del Carmen.

Comimos unos hermosos platos de bacalao (como no) en el restaurante A Taquinha, que tiene unas buenas recomendaciones. Es un local agradable, barato y acogedor, no muy grande, con las mesas bastante próximas entre sí en el salón interior y una terraza en el exterior. Tuvimos que esperar una media hora porque estaba lleno, pero una vez dentro nos guardaron el carrito y nos ofrecieron una trona.

Recorrido vespertino

Después de la comida nos pusimos de nuevo en ruta, esta vez en dirección a la Ribeira. Pasamos por los jardines de La Cordoaria, apreciamos otra perspectiva de la Torre de los Clérigos y bordeamos el Centro Portugués de Fotografía (en el que hay un letrero enorme de Porto que invita al típico recuerdo de turista) para llegar hasta el Mirador de Victoria. Su aspecto es bastante descuidado y abandonado, pero ofrece unas buenas vistas del río y todos sus alrededores.

Del mirador bajamos poco a poco (en nuestro caso dando un rodeo, el resto del mundo por las escaleras) hasta el Mercado Ferreira Borges, un antiguo mercado de hierro, reformado y pintado de rojo. En esta misma zona se sitúa el Palacio de la Bolsa, la Iglesia de San Francisco y los jardines del Infante Don Henrique.

Una calle más abajo alcanzamos la ribera del río y aprovechamos para dar un paseo tranquilo. Al llegar al puente de Don Luis I lo volvimos a cruzar (cuidado, pues por la parte de abajo es por la que pasan los coches, por arriba solo el metro) y nos recreamos de nuevo en las vistas desde Vila Nova de Gaia. A la vuelta decidimos coger el Funicular dos Guindais, que nos subió sin esfuerzo hasta la Plaza de la Batalla (al lado de la Iglesia de San Ildefonso y el principio de la calle Santa Catalina). En ese momento ya había empezado a anochecer y nos dedicamos simplemente a caminar de vuelta al metro y de ahí, al hotel a descansar.